Rebeldes con causa,
los poetas del Movimiento Infrarrealista
Ramón Méndez Estrada
A la memoria de Mario Santiago, Roberto Bolaño
y Cuauhtémoc Méndez, adelantados del camino sin vuelta
Con tres errantes ya en la región de los viajeros sin retorno (Mario Santiago Papasquiaro, 1953-1998; Roberto Bolaño, 1953-2003, y Cuauhtémoc Méndez, 1956-2004), el Movimiento Infrarrealista cursa el tercer año del Siglo XXI con la energía rebelde que le dio origen, publicaciones en éste y el otro continente, obra inédita sobrada para docenas de volúmenes, fama en más de cinco países extranjeros y, por supuesto, el halo de silencio y ninguneo que la cultura oficial en México ha impuesto en torno a la leyenda de los soles negros que somos estos poetas insurrectos.
En lo que hace a la fama editorial, el más insigne representante del infrarrealismo es, a la fecha, uno de nuestros muertos: el chileno Roberto Bolaño, cuya novela Los detectives salvajes fue galardonada con los premios Herralde, Rómulo Gallegos, del Consejo Nacional (chileno) del Libro y del Círculo de Críticos de Arte, y comparada con ventaja con Rayuela, de Julio Cortázar, y Paradiso, de José Lezama Lima. El autor, vale presumirlo, es citado en diciembre de 2003 por Andrés Ajens, con cierto tono irónico y jocoso, como “el Cervantes” de esta época.
Fue precisamente Bolaño, en 1975, quien propuso el nombre para nuestra irrupción en el acartonado mundo hispanoamericano de las letras donde, según su opinión propia nada humilde, haríamos la literatura clásica de nuestro tiempo. Voz de augur, la de Roberto se abre paso en la selva de textos insulsos y aburridos que saturan el panorama editorial de las instituciones oficiales, y la profecía gana terreno en la geografía de la práctica.
Para entender el nombre y el origen del Movimiento Infrarrealista hay que remontarnos a su germen: el Taller de Poesía de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a finales de 1973 y principios de 1974, cuando los jóvenes poetas asiduos a ese espacio de estudios solicitamos al coordinador, Juan Bañuelos, instrucción más formal, para comprender y ejercer la poesía, que las silvestres críticas a que eran sometidos los insipientes textos presentados por los alumnos, por los alumnos mismos.
Al petitorio verbal reiterado en cada clase de estudiar a los clásicos, el Siglo de Oro de la literatura española, los cánones de la versificación, las vanguardias del Siglo XX, etcétera, o incluso en su defecto a que acudiera, al menos una vez por quincena, alguno de los escritores conocidos por, o amigos de, Juan, para dar conferencias o pláticas informales, el maestro respondió con una negativa implícita, sin explicación de por medio. Agotada la paciencia del grupo, el coordinador se enfrentó al fin, a principios de 1974, con una merecida respuesta: su propia renuncia, suscrita por la mayoría de los miembros del taller y, pese a reticencias, también por él.
Turnamos el caso a la atención de la directora de Difusión Cultural, quien replicó que por ser Juan empleado universitario no podían cesarlo; ofreció que compartiéramos el espacio del taller (de dos clases por semana una sería para el maestro y otra para los inconformes, y éstos tendrían la opción de conseguir otro coordinador), así como apoyo económico para la edición de una revista. Menos de dos meses después, una tarde nos encontramos con las puertas del local cerradas y nosotros fuera de la institución. En el lapso, logramos la edición de Zarazo 0, con textos de los beatniks estadunidenses, los peruanos de Hora Zero y algunos de los insubordinados del taller de Juan. Nunca recibimos el dinero prometido por la funcionaria de la UNAM para financiar nuestra publicación.
Fue el principio. Ese año, y el siguiente, varios de los rebeldes intentamos publicar en revistas y suplementos culturales, o conseguir espacios para dar recitales, opciones que (salvo excepción honrosa de la cafetería de la librería Gandhi) nos fueron negadas sistemáticamente. La fama de los insubordinados como simples revoltosos ganaba terreno. Carlos Monsiváis confirmó la negativa oficial con plástica frase sobre la libertad de expresión al rechazar la aparición de nuestros poemas en el suplemento cultural de la revista Siempre!: “Entiendan, muchachos, La cultura en México también tiene censura: está prohibido hablar de política y de sexo, prohibidísimo escribir la palabra verga”.
Cuando algunos de los expulsados del taller de Juan trabamos relación con Roberto Bolaño, éste se entusiasmó con la lírica iconoclasta e irreverente que practicábamos y señaló, dedo en la llaga, que a quienes cometimos el pecado de enfrentarnos a una de las glorias de la literatura mexicana (Juan Bañuelos ya ostentaba en sus haberes el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes**), nos tenían vetados en todas las publicaciones y espacios culturales de México, anticipo temprano de la perpetua negación de que seríamos objeto en nuestra tierra.
Propuso entonces la fundación del Movimiento Infrarrealista, nombre que explicaba con un tropo arbitrario con respecto a la existencia de ciertos soles negros en el universo, ocultos a ojo y telescopio, presuntamente conformados por materia condensada a tal grado que hace caer a la energía por su peso, agujeros tragadores de luz. En nuestro caso, poetas ocultados por las instancias culturales oficialistas y sus voceros.
Así explicó su idea el vate chileno: “Hasta los confines del sistema solar hay cuatro horas-luz; hasta la estrella más cercana, cuatro años-luz. Un desmedido océano de vacío. ¿Pero estamos realmente seguros de que sólo hay un vacío? Únicamente sabemos que en este espacio no hay estrellas luminosas; de existir, ¿serían visibles? ¿Y si existiesen cuerpos no luminosos u oscuros? ¿No podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la Tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las estrellas-pueblos?” (“Déjenlo todo, nuevamente. Primer manifiesto del movimiento infrarrealista”, en Correspondencia infra, revista menstrual del Movimiento Infrarrealista, octubre/noviembre ’77. Aprovecho la mención para corregir el gazapo de las “cuatro horas-luz” a la estrella más cercana, Alpha de la constelación del Centauro, aparecido originalmente en la revista y repetido en todas las citas que se hacen del documento. Y agrego profundidad a la metáfora: no estrellas-pueblos invisibles en los mapas astronómicos, sino metrópolis oscuras, soles negros, evolución de las estrellas de magnitud mediana a las gigantes rojas, y de éstas a las enanas blancas hasta la condensación en astros sin luz, que ejercen inevitable atracción sobre materia y energía.)
Fundamos el Movimiento Infrarrealista en 1976, y ese año publicamos Pájaro de calor; al siguiente, Correspondencia infra, y en 1979 la antología Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego, presentada por Efraín Huerta y prologada por Miguel Donoso Pareja.
Visitantes esporádicos de los talleres de poesía que en ese tiempo proliferaban en México y asiduos asistentes a recitales literarios y presentaciones de libros, no tuvimos empacho para expresar en tales foros nuestro desacuerdo con el oficialismo y nuestra propuesta para el ejercicio de una literatura vital y necesaria.
Tuvimos escuchas entre talleristas nóveles y el llamado “público” en general, pero los que aspiraban a realizar una carrera literaria conforme a los cánones de la intelectualidad mexicana no prestaron oídos al movimiento, y en cambio nos atacaron ferozmente con críticas vanas, incluso con injurias y calumnias, abono para la mala fama del movimiento como un grupo de ignorantes revoltosos, transformado así en pasto para la pira del ninguneo y el crepitante silencio.
Entre la expulsión del taller bañueliano y la constitución del infrarrealismo algunos mantuvimos aún ciertos nexos con la academia y seguimos cursos universitarios, pero era casa pobre esa ciudad para la sed de conocimiento de esos aventureros, y buscamos entonces la orientación de quienes fueron nuestros maestros. Antes del pleito con Juan, Mario Santiago visitaba ya con frecuencia a José Revueltas y a Efraín Huerta; Cuauhtémoc y yo habíamos convivido en Morelia con Ramón Martínez Ocaranza durante más de un año. Juntos ya en la insurgencia, los visitamos todas las veces que pudimos mientras la vida les duró; siempre nos trataron como amigos, hicieron críticas pertinentes y dirigieron varias de nuestras lecturas.
El universo en expansión que entonces éramos desbordó las aulas universitarias: rompimos con círculos académicos, mafias oficialistas y organismos burocráticos, y continuamos nuestra crianza y creación en la calle, pródiga y prodigiosa en lecciones vitales de la realidad, esta musa ponderada por los mejores autores de todos los tiempos.
Una ventaja más tuvimos: Al revés de los escolares que sólo saben de chocolate calientito, libros de texto, cursos regulares y boletas de calificaciones, varios de los más entusiastas infrarrealistas veníamos de experiencias duras: el movimiento estudiantil de 1968, el halconazo de 1971, el golpe militar chileno de 1973, la proliferación de la guerrilla, que nos mostraron las caras de la muerte y la cárcel. Como se dice, la cruda realidad. Muchos presumen, sobre todo entre políticos y seudoartistas, su pertenencia a la misma generación, pero no confiesan que en el momento de las balas estaban del otro lado de la barricada, y siguen allí.
El cerco mudocrático
Extenso, hostil, infame e infamante, no era infranqueable el cerco mudocrático que el mundillo cultural mexicano y sus plumíferos de pacotilla tendieron sobre el movimiento. No tiene caso aquí hablar de la careta hipócritamente amable con que de allí para adelante nos recibieron los “intelectuales” de alto pedorraje a cargo de las lavanderías de conciencia del régimen, los gerentes de las panaderías literarias donde se reproducen los escribanos que defienden el estado de cosas imperante con arte apócrifo, las vacas sagradas del sistema opresor y enajenante, Bañuelos, Oliva, Gutiérrez, Zepeda; ni el calor con que nos atacaron sus engendros y los debates que tuvimos con ellos, Campos, Vallarino, Chimal, etcétera.
Aquellos, con presunta experiencia por cuestión de edades, eran adeptos a la pereza y la ignorancia; éstos, sin experiencia suficiente aún, eran adherentes también de tales vicios. Los infrarrealistas teníamos la ventaja: experiencia, estudio y trabajo constante. La boca de la fama llevó a tribuna pública la disputa esencial. A las palizas que los rudos arreamos a los retóricos en cuanto ring nos encontramos opusieron mentiras y calumnias, y al no poder con el lépero tronco que enfrentaban echaron encima carretadas de silencio.
De las pocas menciones que en el tianguis literario del país nos llevamos, está la parte que a Correspondencia infra dedica Rafael Vargas en su ensayo “Las nuevas revistas literarias”, aparecido en el número de octubre-noviembre de 1978 de la Revista de la Universidad de México. Entre una docena de publicaciones dedicadas a editar textos de círculos de amigos a las que en general maltrata con su crítica, pues reconoce a pocas rigor técnico literario en la elección de los materiales que presentan, la de los infras es en la que advierte méritos: “El único grupo de poetas jóvenes en México que se ha postulado como movimiento de vanguardia, al mismo tiempo antivanguardista… (su poesía) es mucho más auténtica en su falso radicalismo y, sobre todo, más divertida que la poesía seudocultista de otros grupos que aparecen casi al mismo tiempo… Despreciado y vilipendiado por muchos, el infrarrealismo parece ser, en muchos sentidos, uno de los momentos más significativos del auge poético de los setentas”.
A vuelo de cuervo analiza la lírica de Roberto, Mario y Cuauhtémoc, para sacar sus conclusiones. Vale otra cita: “En realidad, lo que los infrarrealistas hubiesen querido ser (escribir) se encuentra representado, dato curioso, por un poeta no infrarrealista: Ricardo Castillo… Y también curiosamente, el mejor poeta del grupo, Cuauhtémoc Méndez, parece haber sido el menos apreciado por sus propios compañeros… Por el contrario, Mario Santiago y Roberto Bolaño, aparentemente los más destacados… con frecuencia se diluyen en sus propias letanías, más como creadores de collages que de poemas. La poesía de Cuauhtémoc Méndez chafea, precisamente, cuando trata de imitar a Santiago o a Bolaño”, de lo que cita en prueba, sin razón a mi juicio, el folletín Blanda noche dentro del horno aparecido en Ediciones El Colibrí.
Vargas no toma en cuenta Pájaro de calor, y escribe su texto antes de la edición de Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego. No alcanza a ver, desde su perspectiva externa, algo muy importante: en esas publicaciones no están todos los que son ni todos los que están son infras, característica del movimiento que se ratifica en publicaciones posteriores emprendidas con Mario Raúl Guzmán (las hojas Calandria de tolvañeras, algunos libros y la revista La zorra vuelve al gallinero), y después con Marco Lara Klahr, en la editorial Al Este del Paraíso.
Otro ejemplo: la revista Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, dedicó su número 49-50, de febrero-marzo de 1985, a la joven poesía mexicana. En todos los “ensayos” incluidos en la publicación, el infrarrealismo merece una sola cita de dos líneas de uno de tantos escribidores. Durante la preparación del monográfico, José Vicente Anaya instó al editor a darle un lugar al movimiento, que encargó a un comedido; Vicente aconsejó pedir el texto directamente a un infra, y Sandro Choen conectó para el caso a Mario Santiago, quien escribió un poema con las voces de todos. Reveladora, la revista: debate presumidamente plural en el que participan plumíferos de la más diversa ralea, todo está escrito en prosa con excepción del texto de Santiago, solitario poema con tesis estéticas entre la mucha mugre supuestamente teórica de la poética mexicana.
En 1986 apareció en Praga la antología Reloj de sol. Cien años de poesía mexicana, que “contiene una selección de todas las corrientes y tendencias” de nuestra lírica en un siglo, desde “Salvador Díaz Mirón (1853), Manuel José Othón, Manuel Gutiérrez Nájera, Luis González Urbina y otros más, como José Peguero (1955) y Cuauhtémoc Méndez (1956)”, curiosamente estos últimos, los más jóvenes, infrarrealistas, traducidos al checo por Miloslav Ulicny, que algo estudia de poesía mexicana. Obra en proceso, nuestras “incompletas” circulaban ya en España, Francia, Estados Unidos, Chile y Perú, por lo menos, según sabíamos, pero entonces supimos que también en Checoslovaquia y Alemania.
Aquí persistía el cerco. Sólo un ejemplo más: Gustavo Jiménez Aguirre, en su ensayo El Horizonte fechado en marzo de 1997, emprende presunto análisis de las corrientes literarias, revistas y antologías de poesía del Siglo XX en México. La insuficiencia teórica de Jiménez le impide formular juicios propios aparte de los ya sentados por los representantes oficiales de la academia, de los contemporáneos a Paz, que a golpes de lengua levantaron a los santones de la lírica nacional alzándose a sí mismos sus propios monumentos, truco de conveniencia. Incapaz de comprender en dónde está la falla, reconoce como parteaguas a Poesía en movimiento, y se pierde en el alegato de la tradición y la ruptura. Cita otras muestras, la Asamblea… de Zaid, Palabra nueva… de Cohen, Antología… de Arellano, y más libros colectivos, pero ni por equivocación Muchachos desnudos… de Bolaño. De las revistas, paseo similar, sin poder precisar qué trata, qué discute, ni mencionar siquiera las de los infras. Alega también sobre algunos autores en lo individual y sus libros, tan vacuos como toda su perorata, y es en esa parte de su texto donde se le ocurre usar por única vez una referencia al infrarrealismo, pero no aplicada a infra alguno, sino a Profisia de Alfonso D’Aquino, del cual dice que “el montaje narrativo e intertextual permea la densidad referencial de la segunda parte del libro, cuyo extenso poema ‘La peste’ se detiene oportunamente al borde del precipicio ‘infrarrealista’ en el que se despeñaron tantos talentos jóvenes”. Es decir, la mención sin nada que ver con el Movimiento Infrarrealista.
Sus apuntes revelan, aunque Jiménez Aguirre no lo note siquiera (menos podría destacarlo), que después de la compilación de Paz, Aridjis, Pacheco y Chumacero, al parecer los últimos de los académicos que a veces se dedicaban a estudiar, todos los que siguen después la autopista de la oficialidad son ignorantes perezosos, no leen a los clásicos, no saben técnicas de versificación ni tienen teorías estéticas. Se conforman con llevar a la práctica una lírica ecléctica y enclenque, de la que hacen alarde, compartida entre todos como copia al carbón, mágicamente sustituidora de conceptos por sus sinónimos y de metáforas por sus analogías, sobre los “estilos” de las mafias establecidas, arropados por “corrientes” que no asumen ni comprenden. ¿Pero qué pueden asumir o comprender, los ignorantes?
El mito y la leyenda
La saga del Movimiento Infrarrealista fue trasladada a la ficción por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, que cuenta peripecias de los poetas real visceralistas en la Ciudad de México en 1975; interrumpe el relato un lapso de veinte años con recuerdos de diversos personajes sobre algunos de esos poetas, y retoma el hilo de la narración original en 1976 para emprender la búsqueda de Cesárea Tinajero en los desiertos de Sonora, hasta difuminar la hazaña en una sombra esquiva desvanecida en acertijos.
Reseñistas y críticos esculcan la novela con énfasis en la aventura, que para mucho da con el periplo audaz del increíble viajero Ulises Lima por México, Europa, Medio Oriente y Centroamérica, al que se suma la movilidad de Arturo Belano, la otra columna del realvisceralismo en el relato; por cuestiones de fondo, especulan los nexos entre el surrealismo, el estridentismo, el infrarrealismo y dos grupos, separados por décadas, del realismo visceral, a tal punto confundidos entre la realidad y la ficción que, por ejemplo Claudio Bolzman, hablando de Bolaño, afirma que “en la Ciudad de México había fundado, junto a Mario Santiago y a otros poetas jóvenes, lo que ellos habían llamado el movimiento infrarrealista… Se inspiraban de un movimiento mejicano que se llamó el realismo visceral”.
Pierden pie en el enfoque, tal vez, inducidos por la leyenda viva que fue Mario Santiago en su corto paso por la Tierra, mito que él mismo construyó con su vida y se encargó de propalar con sus viajes, sus lecturas y sus relaciones. “Yo soy el que se ha grabado en la espalda de la chamarra de mezclilla la frase:/ el núcleo de mi Sistema Solar es la Aventura”, escribió en uno de sus poemas más conmovedores. Se jactaba de conocer “a todos” los mejores poetas vivos de su generación, y garrapateó sus versos en todos los libros que cayeron en sus manos, obra dispersa que por tal condición quedará posiblemente inédita en su mayor parte. Era de personalidad avasallante. Pruebas de tal impacto, las múltiples notas que los plumíferos de carrera publicaron en diversos medios de comunicación en fechas inmediatamente posteriores a su fallecimiento, dándolo por muerto.
Más longevo que Mario por casi un lustro, Cuauhtémoc Méndez había señalado ya, en 1987, el meollo del asunto: “dos que tres hechos bastaron para que los críticos de la literatura dieran cimiento al mito de nuestra mala fama. Mas por paradojal coincidencia, porque el primer ataque público y colectivo en el que nos lanzamos a fondo fue el funcionamiento del taller de poesía en la UNAM”, es decir, la insurrección aquella de 1973-1974 contra el coordinador del taller de Difusión Cultural, Juan Bañuelos. El ojo crítico del Temo es, precisamente, lo que les hace falta a tales reseñadores para desentrañar el sentido profundo de la novela de Roberto: la rebeldía vital contra la tanática oficialidad.
Una lectura atenta y desprejuiciada del texto de Bolaño conduce necesariamente al sentido de la aventura, por encima de la anécdota. Campo semántico trenzado con tres símbolos, lleva siempre al terreno de la insurrección contra los escribanos que “sirven de lavanderas de conciencia al estado de cosas imperante”, según dijo Cuauhtémoc en el ’87. Colmo para la confusión de los críticos, los tales símbolos se encarnan en personajes: Juan García Madero, último adherente del real visceralismo; Lupe la puta, enamorada de su padrote y amante final de García Madero, y Cesárea Tinajero, poeta de la anterior camada viscerrealista expulsada del estridentismo. Los tres pura ficción, sin más referencia a la realidad que el concepto que encarnan y del cual se hacen símbolos.
García Madero es quien lleva la voz en la primera y la tercera parte de la obra. Joven poeta de 17 inviernos, es contactado por Lima y Belano en el taller de Álamo, coordinador y líder de los oficialistas “poetas campesinos”, quien no le perdona al nóvel vate exhibir su miseria cultural en el terreno en que precisamente él se ostenta como maestro: la poesía.
García Madero se suma a la revuelta con pasión y lleva su voz crítica, no a cuenta propia sino cifrada en expresiones de los miembros del grupo. Es el nawal, el yo disimulado del movimiento, quien lo define y lo caracteriza. Al caso tienen lugar dos citas: “Nuestra situación (según me pareció entender) es insostenible, entre el imperio de Octavio Paz y el imperio de Pablo Neruda. Es decir: entre la espada y la pared”. Y: “A los real visceralistas nadie les da NADA. Ni becas ni espacios en sus revistas ni siquiera invitaciones para ir a la presentación de libros o recitales. Belano y Lima parecen dos fantasmas”. Lupe la puta es la imagen de la realidad, así como la vivimos, apasionada e inclemente. Cesárea Tinajero, generosa siempre, el ánfora que abrimos para que se alimenten los seres humanos, y despierten. La hazaña, valimiento anecdótico, que ocupa la mayor parte del espacio de la saga narrada y por tanto la atención de los críticos, es el grano de arena que el Movimiento Infrarrealista pone en esa montaña de la antología universal Nosotros los clásicos, mañosamente ya adecuada, a grandes trancos, para publicar la parte que nos toca a los infras.
Espacio habrá, en otro tiempo, para hacer un análisis del mito que construyó Mario con su vida, de la novela de Roberto, de las tesis estéticas de Cuauhtémoc, para probar nuestras ideas del arte en nuestras obras y sus consecuencias, la teoría en la práctica. Aquí sigue nuestra aventura. Ya llegará la época, como lo vislumbramos los infrarrealistas y nuestros maestros, en que el ser humano sea libre, y el hombre deje de ser el lobo del hombre. Tal es nuestra guerra. Somos pues, pese a lo que se diga, rebeldes con causa. Vale.
Septiembre 2004